Ponerse en el lugar del “otro”

MIRARSE EN EL ESPEJOCuando nos miramos a nuestro interior, cuyo acto nos devuelve la mirada, se nos muestra lo complejo que somos. Porque son las circunstancias de nuestra vida las que determinan nuestra formación como persona. Esto os hará pensar en la frase del filósofo Ortega y Gasset: “Soy yo y mis circunstancias”; entendiendo como circunstancias ese entorno que nos rodea. Pero, es el “Yo” lo que, en verdad, se está formando en todo el proceso de nuestra vida.

María Zambrano va más lejos, y ahonda en ese proceso vital, nos dice: “El Hombre es el ser que padece su trascendencia”. Es decir, el ser humano con su ansia de conocimiento, de conocerse a sí mismo, de “ser”, es  quien se sufre a sí mismo; porque todo en él trasciende en la búsqueda de la razón de su existencia.

Cada uno, con su historia interior cargada de sentimientos profundos, “su intrahistoria” como la denomina don Miguel de Unamuno. Todo es reflejo de nuestra capacidad de ser sociable: de compartir una ciudad, una nación, un continente, un planeta, y por ende una cultura.

Porque en realidad somos esa mirada que nos devuelve el espejo, “el otro”, en el que nos hemos mirado: la madre, el padre, el hermano, el maestro, el amigo, la sociedad… Hemos aprendido que la soledad es el estado de diálogo con uno mismo, a pesar de sus pesares. Sabemos también, que la soledad compartida deja de ser soledad, para convertirse en solidaridad.

Todo vive en el fondo de la vida humana: como la envidia que se da de tanto mirarse en “el otro”, y querer ser como él. Y la sentimos arraigada en nuestro ser histórico, para convertirse en nuestro pecado nacional. ¿Esto es motivo para decir que es difícil ponerse en el lugar del “otro”? No es razón suficiente.

Nuestra pensadora María Zambrano reflexiona sobre la piedad y nos dice:

…la piedad es la virtud que hace tratar debidamente a los dioses, para acabar en la conclusión de lo que se trata es de lo injusto y lo justo.

El oficio de la piedad es su arte de tratar con “lo otro”, con uno mismo, cuando nos hacemos otros o cuando todavía no hemos dejado de serlo.(1)

Aunque la historia de la humanidad sea cansina, porque se repita en acciones malas como la violencia de las guerras; también el ser humano ha creado hermosas obras de arte, de literatura, de música… Y da muestras  de verdaderos actos de solidaridad. He ahí, donde reside su miseria y su grandeza

En este siglo XXI, de desarrollo tecnológico y científico, en el que gozamos de una visión globalizada del planeta, viviendo y siendo testigo día a día, de la historia que se hace: donde nuestra conciencia es tantas veces zarandeada por una cruda realidad de causas injustas. Porque lo que importa ahora es mantener viva la conciencia, que no se duerma o bien no muera. Esto último puede pasar: que seamos inmunes ante el horror de ver morirse niños ahogados en las aguas de un mar; sólo porque huyen de la pobreza, de la guerra… buscando un nuevo horizonte. De lo que se deduce: que  ponerse en el lugar del “otro”, sólo es un acto de conciencia.

Podríamos argumentar ante la evidencia de lo injusto: dar razones estructurales y económicas; es decir que son las circunstancias las que mandan y que nada puede cambiar. Pero esto sería engañarnos a nosotros mismos. Porque sólo nos conduciría a que impere el ego, y no las razones del corazón.

Razones del corazón: como la piedad, que es la virtud que nos hace ponernos en el lugar del “otro;” porque ella da la justa medida, la que exige el sacrificio a los dioses, por la que cada uno de nosotros nos juzgamos y, seremos siempre juzgados. He aquí, que hasta pedir perdón o perdonar, es un acto reflexivo: de perdonarse uno mismo, para que la conciencia viva en paz.

La vida de todo hombre o mujer es horizonte: mirada hacia lo lejano, a lo que hay que alcanzar. Para ello, deben derribarse fronteras: sus fronteras y todas las fronteras. Así el ejercicio de mirar, de mirarse, será nítido.  Y también, el de “verse”, que es mirarse en “lo otro.”

La grandeza del ser humano es su propia humanidad, negarla es negarse a sí mismo;  negando la capacidad de amar y ser amado, así como la acción de trascender.                                                                                                                                                                                                                                                                     José Marcelo Ruiz  (poeta)

1)  Del libro “El Hombre y lo divino” (María Zambrano)

Este artículo se ha publicado en la prensa:  Noticias 24 – Comarca de la Axarquia, 08 de julio de 2016. Gracias al director Francisco Gálvez por su interés por la cultura.

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