¿Qué somos, qué aparentamos?

Plantegato-en-el-espejoar esta pregunta nos ayudaría a reflexionar sobre qué modelo de sociedad es la que estamos construyendo, qué cultura se está creando, cómo afecta a nuestra persona y nuestra manera de vivir. Me atrevo a decir que el mayor mal que  puede padecer la persona, es perder  su capacidad de pensar. Dejando de ser “Persona”, en la plenitud de su significado.

En la relación social, cada individuo puede elegir entre dos actitudes: por un lado, optar por reconocer sus carencias, tener un espíritu de superación y mostrarse tal como es o, por otro lado, representar e interpretar tan variados personajes con sus distintas máscaras, que no sabemos, en verdad, quién es;  ni él mismo quiere saberlo, porque teme “ser”, o que sepamos cómo es. Porque como dice el refrán: “dime de lo que presumes y te diré de lo que careces”

Las exigencias sociales en las que nos vemos inmersos, procuran regular nuestra vida. Se cae en el error de vivir la vida según la mirada de los demás;  por ello, se aparenta lo que no somos.  Porque los “otros” son el espejo en que nos miramos y nos miran.

La formación del “ser” implica un acto de voluntad (querer); así lo entiende el filósofo Fichte: el “yo soy”,  precede y es raíz de todo querer. Siempre que se dice “yo quiero” está supuesto e incluido el “yo soy” o bien  “yo quiero llegar a ser”.

Este potencial de superación supone  mantener un enfrentamiento  entre “el ser” y “el parecer;”  procurando que la balanza se incline lo máximo hacia “el ser,”

Hay dos maneras de proceder: una opción es elegir cómo queremos  que sea nuestra vida, cómo nos vemos en ella. Realizar  el esfuerzo en conseguir el desarrollo de nuestra integridad como “Persona,”  bien optar por hacer de nuestra vida una función de representación diaria, para que los demás nos vean y nos juzguen, asumiendo  sin recato que somos, lo que los otros resuelven que seamos.

En este dilema nos vemos reflejados como ciudadanos que participan de la convivencia de la comunidad. Porque  son nuestros actos los que determinan el modelo de sociedad, que, como he dicho anteriormente,  construimos todos. Por lo tanto, no vale emitir el juicio: “Yo soy como soy, porque la sociedad me ha hecho así,” y con ello culpar a la sociedad de nuestros errores. Porque hay que tener presente que, tanto para lo bueno como para lo malo, somos componentes de ella. Si en la sociedad que vivimos se tolera la mentira, el fraude, la hipocresía, la falsedad, enriquecerse con el engaño, admirar el poder del dinero y conseguir los bienes sin esfuerzos… , hemos construido una sociedad de farsantes. Todos somos culpables, porque lo hemos permitido o lo estamos permitiendo sin rebelarnos. Este modelo de sociedad va unido a un estilo de cultura banal, donde se valora y se  premia  “la imagen”, “lo exterior”. Donde se vende y se compra lo superfluo. Hemos creado “la cultura de la imagen,” admitiendo  la demagogia y la publicidad engañosa; las cuales tienen la fuerza de manipular nuestra capacidad de pensar. Todo ello, conlleva una forma de vivir,  aparentando aquello que no somos, gastando por encima de nuestras posibilidades, e instalándonos en el engaño.

 En el libro Persona y Democracia,  María Zambrano nos dice: “Que estamos viviendo una crisis.[…] Y en una crisis algo muere: creencias, ideas vigentes, modos de vivir que parecían inconmovibles. Grupos sociales y aún profesionales, minorías que pierden la fe en sí mismo porque ya no van a seguir viviendo o lo van a tener que hacerlo de otra forma. Y lo primero que sienten perder es la seguridad y el ancho tiempo que a ella corresponde. […]  Se puede creer que muere nuestra cultura, especialmente en su núcleo occidental y más antiguo de Europa.”

Estas frases de María Zambrano expresan tanta claridad que son  pruebas suficientes, para plantearse la recuperación de los valores socioculturales que han definido siempre a Europa. En esta tarea, que exige esfuerzo y un espíritu solidario, todos somos imprescindibles.

Es preciso que cada cual aporte su granito de arena, ponga la voluntad y la inteligencia al servicio de su desarrollo personal. Porque “ser humano” implica desarrollar su  humanidad. De manera individual somos partícipes de sentimientos humanitarios, que nos llevan por el camino de recuperar la solidaridad, de exigir justicia social y hacer uso de  la verdad. Porque son estos valores los que demuestran cómo somos. Hacen que nos sintamos orgullosos de construir una sociedad nueva; en la cual se derriben las fronteras, y tenga cabida la diversidad de culturas. Exigiendo una auténtica educación basada en la interculturalidad.

Para alcanzar esta manera de convivencia es necesario  actuar con una verdadera ética,  la que nos define María Zambrano: “Y la ética es el modo propio de la persona humana. […] Se trata, pues, de incluirla en la vida social, en la moral, de vivir éticamente en el modo completo.”

José Marcelo Ruiz

(poeta)

Este artículo ha sido publicado en la prensa NOTICIAS 24 (Comarca de la Axarquía), el viernes, día 23 de septiembre de 2016.

Gracias al director del medio D. Francisco Gálvez por su interés e inquietud  por la cultura.

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