Las 3 Puertas de Eduardo Roberto en la humanización del Arte

_mg_7111Eduardo Roberto es el ejemplo de actor creativo: como pintor, como escultor, sobre todo porque reúne una personalidad de auténtico poeta. Nacido en Vélez-Málaga, en la Axarquía, a la que los griegos llamaron ‘Tierra del Paraíso’, por esa intensa luz que nos ciega el alma. Hace más de tres décadas que sigo la trayectoria de la obra de Eduardo Roberto. He observado su firme rebeldía contra la deshumanización del ser humano. Toda su labor creadora ha sido siempre cuestionar los males de la sociedad. Ejemplo de esta manera de actuar, fue la exposición ‘Arqueólogos del siglo XXXI’, del año 2012, en la que advertía al ser humano del desastre medioambiental y sus consecuencias. Y visionaba en la muestra la fosilización de la raza humana y cómo la humanidad quedaría sepultada en la historia. El filósofo y sociólogo alemán Herbert Marcuse nos habla de la “fusión obscena de estética y realidad”. Afirma que cuanto más abdica la imaginación artística en favor del realismo tecnológico, el arte se pone al servicio de la ciencia y de la revolución tecnológica. Eduardo Roberto es consciente del peligro que conlleva la revolución tecnológica para el arte, comparte con Marcuse el problema que supone la abdicación de la imaginación artística a favor del realismo tecnológico. Razón para que Eduardo Roberto desee una involución en el progreso. Pero como esto no es posible, nos propone la humanización del arte. Para ello, es preciso que el ser humano mire hacia su interior, haga acto de espiritualidad, de diálogo consigo mismo. En la última exposición de septiembre de 2016, en Torre del Mar, en la sala ‘Las 3 Puertas’, veo muy animado a Eduardo Roberto, que nos expone sus obras de esculturas y de pinturas. Pero, a la vez, está muy preocupado porque el espectador sea consciente de su propuesta. El autor nos hace entrar en las tres puertas como si de las tres vías de ascesis se tratase, para llegar al conocimiento del ‘ser’, y dar a conocer el estado actual en que se encuentra la humanidad. Pero, aquí, no se habla con Dios como hacían místicos como San Juan de la Cruz o Santa Teresa; de lo que se trata es de meditar sobre el mismo ‘Hombre’ y su hacer en la tierra. Al entrar en la primera puerta nos encontramos con ese grito desgarrador del alma que manifiestan las esculturas, representadas ellas por las herramientas utilizadas por el hombre a través de su historia. Éstas están construidas en armonía con los elementos naturales: la tierra representada por el mineral, el fuego representado en la madera, el aire en la tensión de los elementos, la ausencia del agua como la sed del espíritu en la búsqueda de la verdad. Porque, como dice el escritor Luciano de Crescenso, “los objetos que utiliza el hombre, terminan por poseerle su alma”. La segunda puerta es el encuentro con el poeta que viaja a ‘los ínferos de su ser’, (a sus infiernos, tal como lo expresa nuestra pensadora María Zambrano), para desvelar el misterio de la vida y la muerte. Homenaje que el autor Eduardo Roberto hace a Walt Whitman. Los rostros del poeta aludido aparecen como fantasmas salidos de la pesadilla de un sueño. Nos muestran los estados anímicos del ‘ser’. Todas las imágenes tienen un corazón dolorido, un escarabajo que representa a la conciencia humana. En la última puerta se da el diálogo del ser humano consigo mismo, recorriendo esa temporalidad de la vida. Eduardo Roberto coincide con el pensamiento del filósofo Husserl, cuando describe que “el tiempo de la conciencia no es una sucesión discontinua de momentos, sino como una estructura en la que el presente conserva un eco del pasado y se anticipa a la vez al futuro”. En esta última sala observamos cómo las obras de Eduardo Roberto recrean los instantes de conciencia del pasado, para resurgir en el presente, no sólo como recuerdos, sino también como historias reinventadas en el presente, y preparadas para el diálogo. En conjunto conforma esa conciencia histórica que, como bien dice María Zambrano, sin ella, no hay futuro. Cuando hay humanismo en el arte, las obras toman vida, tal como lo entiende el filósofo húngaro Lukács: “El arte no es una categoría puramente estética, su origen está en la vida de los seres humanos. La obra de arte reelabora los contenidos extraídos de la vida, dándoles una configuración que supera el inmediatismo y el pragmatismo de la cotidianidad. La obra de arte es una mediadora entre el individuo y la vida”. En esta línea de pensamiento salvaremos el humanismo en el arte, como una búsqueda de la verdad. Eduardo Roberto es consciente de ello.

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ENLACE DEL PERIÓDICO NOTICIAS 24 (COMARCA DE LA AXARQUÍA)

José Marcelo Ruiz

(poeta)

Este artículo ha sido publicado en la prensa NOTICIAS 24- (Comarca de la Axarquía), el viernes, día 07 de octubre de  2016.

Le quedo agradecido al director del medio D. Francisco Gálvez y a su equipo de redacción por el interés  que manifiestan por la cultura.

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