La poética visionaria de José Marcelo Ruiz -Prólogo de Francisco Ruiz Noguera- sobre el poemario Las Visiones de “El Carmelo.

 

las-visiones-de-el-carmelo-001 La poesía   -el arte, en general-  no deja de ser una forma de mirada: mirar al mundo para intentar la explicación de lo que tal vez sea algo inexplicable. Al igual que las formas de mirar son múltiples, las formas del arte también lo son, y también así, las formas de la poesía.

Por otra parte, la historia de la poesía es, en cierto modo, la historia de una   búsqueda: aquélla en la que está empeñado desde el principio el ser humano que, a   través de ese bien común que es el lenguaje, se mira a sí mismo y mira al mundo para- aun consciente de las insuficiencias- hablar de la relación- gozosa,  atormentada, equilibrada o en crisis- entre ambos.

Esas distintas formas de mirada que, de hecho, reflejan formas distintas de     búsqueda y  formas distintas de explicar esa relación, es la que, al cabo, termina   resolviéndose, textualmente, en las distintas formas de expresión de lo poético que -naturalmente y por  fortuna- son múltiples aunque, por seguir una bifurcación fundamental que, en la línea del pensamiento, viene desde Grecia, pueda hablarse de un tipo de mirada que atiende más a la materialidad y a lo externo frente a otro tipo que se orienta hacía las ideas y a las interioridades, es decir, lo aristotélico frente a lo platónico, las poéticas del realismo frente a las poéticas de lo simbólico. En realidad, son dos caras de una misma moneda, y, por supuesto, en ambas caras ha habido, y hay, ejemplos de alta poesía.

El libro que el lector tiene en sus manos, Las visiones de “El Carmelo”, pertenece   a la tradición de lo simbólico y –como se apunta ya en el título –a la línea de lo visionario. Es la línea que, en la tradición reciente, arranca de uno de los caminos del romanticismo europeo: el de William Blake, Novalis o Holderlin; un camino más tarde, a finales del siglo XIX, va a estar presente en la poesía de los simbolistas y sus maestros, sobre todo Mallamé,  Rimbaud o el conde de Lautréamont y, ya en el siglo XX, en la explosión de innovación formal que fueron las Vanguardias (abanderados, en ello, Marinetti y los futuristas, así como Apollinaire y sus calígramas) y, por otra parte, en la indagación en el subconsciente que supuso el Surrealismo. En la inmediata tradición hispánica, sobre todo en lo que concierne a las cuestiones formales ( poemas visuales, grafo-poemas, disposición del texto en la página), participa este libro de las poéticas del creacionismo y del ultraísmo que, con Vicente Huidobro y Guillermo de Torre a la cabeza, tanto contribuyeron a la renovación del lenguaje de la poesía en torno a los años veinte del pasado siglo, una antorcha que después recogerían, en la posguerra, los pospistas (sobre todo Carlos Edmundo de Ory) y los catalanes del grupo  Dau al set ( especialmente Joan Brossa) y luego las distintas manifestaciones de la poesía visual, la poesía concreta y la poesía experimental (Francisco Pino, Ángel Crespo, J,M,. Calleja, Juan Hidalgo, Fernando Millán, Felipe Boso, Pablo de Barco, Rafael de Cózar, J.M. Calleja, J.L. Campal, Francisco Peralto, Antonio Gómez…).

En realidad, esta tradición de experimentación formal en que palabra e imagen se aúnan, que, por lo general, suele identificarse con el movimiento vanguardista del principio del XX, tiene raíces en la literatura griega, sobre todo la helenística, y en una evolución que alcanza a la latina y a literaturas sus distintas lenguas y culturas. Pero esa es otra historia en la que no cabe entrar ahora.

El caso es que, como digo, “Las Visiones del Carmelo” participa de todo esto: de hecho, como explica el autor en el comentario inicial, en estos poemas “la forma (…) expresa elocuentes símbolos que hablan por sí mismo por tanto significado propio” al tiempo que señala que son poemas no sólo para ser leídos sino, incluso para ser representados.

Aclara también el poeta que con la referencia a “El Carmelo”  en el título de esta obra –que es, tal como en ese comentario inicial se explica, una antología de tres libros escritos hace aproximadamente veinticinco años –no quiere establecerse ninguna relación con la orden de los carmelitas, sino con la concepción primigenia de la poesía como canto (carmen- carmenis), sin embargo, no deja de ser curioso que las tres partes de esa antología –correspondientes a los tres libros inéditos antologazos: “El otro ojo del tuerto, Cánticos nocturnos de un ciegoloco y Los Artistas de la Otra Esfera- estén planteadas- y así queda perfectamente explicado en el comentario inicial del autor –como una búsqueda agónica del alma que, desde un sentimiento radical de soledad, se afana en aunar el ser y lo trascendente, o al menos en encontrar los lazos entre esos dos “estadios” que, en realidad, son uno; en este sentido, es de total pertinencia significativa la cita inicial de María Zambrano en que nos habla del Hombre como “el ser que padece su trascendencia”. Se trata de una búsqueda que recuerda, en cierto modo, la consabida agonía (lucha) unamuniana, que tanto tiene de cimentación existencialista (el ser perdido en el abandono de Dios), pero también recuerda – en sus tres apartados (en sus tres vías)  -la búsqueda de los místicos, y, en especial, la que llevó a cabo nuestro místico por excelencia, el carmelita San Juan de la Cruz, las referencias son claras: uno de los poemas de la primera parte se titula “Misticismo”y, en dedicatoria al Pintor Francisco Hernández, lleva estas palabras iniciales: Al poeta de la luz/ en la noche oscura del alma,”y un poema de la tercera parte – penúltimo del libro, antes del “Testamento” final- se titula “El encuentro”, que va dedicado también a un pintor, Juan Jurado Lorca, y acaba con este verso que tiene mucho, como en la mística, de “estadio unitivo” : “EL HOMBRE VE EL ROSTRO ETERNO”

La  de José Marcelo es, pues, una poética que, en la tradición de lo simbólico y lo visionario, concibe el poema –casi de forma ritual- como representación y canto, y no es de extrañar, pues que, que cuando, entre 1980 y 1986, Miguel Romero Esteo, dramaturgo también en esa estirpe de lo simbólico, puso en marcha una serie de publicaciones poéticas en la Universidad de Málaga para dar a conocer a nuevas voces junto a poetas ya reconocidos – los Cudernillos del Grumete (Juan Carlos Jurado, Jesús Tenllado, Älvaro García, Enrique Gallardo, Dámaso Chicharro..), los Cuadernos de la Marinería (Franciso Fortuna, José Carlos Cómitre, Ignacio Aguado, José Marcelo…) o los Pliegos de la Luna y del Sol (Claudio Rodríguez y Luis Alberto de Cuenca) -. Acogiera la primera entrega del entonces inédito José Marcelo: el cuaderno que recogía una selección de su libro “El otro ojo del tuerto” (1981) de cuyos poemas sólo uno ( el que lleva el titulo del cuaderno) aparece ahora en esta antología que da cuenta de una labor que, aunque callada en cuanto a su difusión, se desarrolló hace unos veinticinco años: entre 1981 y 1983.

                                                           Francisco Ruiz Noguera.

                                                           Poeta. -Profesor titular

                                                           de Lingüística en la Universidad

                                                                      de Málaga.-

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s