POEMARIO: “POEMAS DE CAL Y ARENA (Desde la cuna de mi pueblo, Algarrobo)” .- PRÓLOGO DE CRISTÓBAL MARTÍN RIVAS (Licenciado en Literatura)

poemas-de-cal-y-arena-001Es gratificante para mí estar en contacto con la literatura, y de una manera especial con la poesía, y si es infantil, el placer y el gozo es superior. Y esa oportunidad me la brinda mi paisano José Marcelo con la invitación a prologar su nuevo libro: Poemas de cal y arena (Desde la cuna de mi pueblo, Algarrobo) Libro que me ha permitido acercarme a la memoria, al recuerdo… a mi pueblo.

Si nos preguntaran qué etapa de nuestra vida nos gustaría revivir, seguro que, sin pensarlo mucho, la mayoría de los adultos se inclinarían por la niñez. Necesitamos libros que nos retrotraigan a esos años impregnados de sosiego, de ternura, de ilusiones vivas…para que la infancia vuelva a apoderarse de nosotros.

Y José Marcelo, en un proceso de regresión nostálgica, se lo pregunta y se lo plantea al escribir este libro de poemas. Intenta redescubrirnos aquel pasado y revelar también a estos niños de hoy, con los que trabaja, el encanto de su infancia: la niñez en su encantador pueblo de Algarrobo, pues, como casi todos los poetas, su obra literaria es, en gran parte, autobiográfica.

Y lo hace con sencillez, como un niño. Con un lenguaje coloquial; con un tono festivo, unas veces, y otras con fuerza burlona. Con alegría y nostalgia, unos poemas evocan felices momentos y otros recuerdos tristes. Por eso son “poemas de cal y arena.” Y en todo ellos anidan la gracia, el ángel, el duende… de aquel niño- hoy-adulto-infantilizado.

Nuestro poeta escribe, además, “poesía moderna”. Verso libre. Alejamiento intencionado de las pautas de rima y metro propios de la “poesía clásica. Su poesía es poco convencional. Ruptura casi total con las formas métricas tradicionales. Como manifiesta Stephane Mallarmé: “cada poeta puede esconderse en su retiro para tocar con su propia flauta las tonadillas que le gusten.” Y esto no quiere decir poesía inferior.

Juan Ramón Jiménez decía a este respecto del versolibrismo: “Suele decirse que verso libre es verso descuidado. El verso libre admite, exige más arquitectura interna y externa que el regular… Si en el verso regular y rimado la medida la dan el número y la rima, en el libre, superior a esto, la dan inteligencia y gusto”.

 Y Gloria Fuertes, de grato recuerdo al hablar de poesía infantil, nos dice también sobre este aspecto: “Escribo sin modelo / a lo que salga, / escribo de memoria, de repente. / Escribo sobre mí / sobre la gente /… / escribo lo que salga”.

Y nuestro poeta, “escribe a lo que le sale, con las tonadillas que le gustan”, y así nos lleva a sus vivencias infantiles. Se hace niño y nos hace niños para trasladarnos al mundo de los recuerdos infantiles.

Inicia sus remembranzas, abriéndose el “Corazón de amor” Y a partir de ahí, nos transporta a ese mundo infantil de mitad de siglo pasado. Aquellos años, aún de penuria para la mayoría de chiquillos españoles, expresados en su vivir y en de sus amigos pueblerinos. ¿Quién no oyó el suave sonido de las olas que trasportan “armonía, amor y paz” con su “Caracola.”? ¿Quién no echó su “barquito de papel” en la palangana, bañera de cinc o en las aguas mansas o agitadas del río, con el sueño de un viaje? ¿Quién no vivió ese momento de placer efímero al abrir los sobres de cromos y ver que no te habían salido los que tú necesitabas y sí los temidos repetidos? o ¿quién no se sintió un verdadero futbolista jugando con el balón de papel… “que se lleva mi corazoncito”, hecho con el ardor ferviente de una abuela?

Nuestro poeta nos va alimentando a lo largo del poemario, de esos recuerdos, quizá con la intención de distraer, medio siglo después, la atención de una realidad tan distinta, y huir de la monotonía de esta vida cotidiana, tan alejadas de aquellas ilusiones.

Y en su viaje al pasado, en su poema “De niño mi pueblo era un pueblo de cánticos”, nos lleva a los pregones y pregoneros callejeros. José Marcelo nos traslada a ese ambiente en el que curiosos tipos populares, vendedores ambulantes o reparadores a domicilio, nos encomiaban sus mercancías u oficios, Y así, con esas voces zarzuleras nos arreglaban “ja-rri-tos  de  la-ta  pa-ra  los  ni-ños  de  la  es-cue-la” , blanqueaban “las paredes de mi pueblo”; o nos ofrecían la leche recién ordeñada o el queso fresco, el mollete caliente y tierno… o aquel cenachero con su boquerón “fresco, vivito, y del alba”… ¡Cuánto nos embelesaba el recitar en una esquina de la calle, del “ciego romancero”! Y de ahí pasamos al recuerdo de las voces infantiles en sus ruedas y saltos de combas: ¡La niña bonita no paga dinero!

Y nos traslada al mundo de la fantasía, narrado por nuestros abuelos, en esa “luna redonda en el agua de la alberca” que queríamos atrapar, ya que era imposible agarrar “al abuelo con el haz de leña” que todos veíamos perfectamente en el interior de la “luna redonda” de la noche estrellada.

Y también nos trae a la memoria esos primeros amores infantiles, en el poema “De niño me enamoré de una rosa. Rosa”.

 No deja pasar por alto el cariño y sentimiento de los niños hacía estos animales amigos de la infancia: el perro, el gato y el canario. Con nombres propios, como se trata a los amigos. El perroChispo”fiel amigo de la abuela. Mi gata RosanaMustafá mi gato… Misi, hermana de Disi la gata… jugaban con Piolín, el canario chiquitín”. Finaliza el libro con su burrito Séneca. Ese Séneca tan sabio… que vive en la escuela… que ha aprendido informática”, y con el que el poeta trabaja en estos días en sus horas administrativas de colegio añorando aquellos otros momentos de su niñez.

Y en ese nostálgico camino de retrospección a la infancia, el poeta nos muestra la escuela que él vivió, tan distinta a esta otra en la que hoy trabaja. En esta participa de manera especial en la animación a la lectura y adquisición de un lenguaje expresivo, a través de estos relatos poéticos de experiencias vivas: cuenta-cuentos, talleres de poesía… Y les lleva su libro vivo, en su voz, y acercando a sus alumnos la voz viva de otros poetas.

Y en el poema De niño iba a la escuela rinde un homenaje al MAESTRO público de aquellos años de pobreza económica y anímica. Aquellos maestros y maestras que tenían que enseñar a grupos tan diversos y con tanta escasez de medios, y presididos por tantos signos políticos y religiosos, bien merecen un gesto como el de Antonio Machado: “…a mis maestros guardo vivo afecto y profunda gratitud”

 A lo largo del poema expresa los escasos apoyos materiales, que eran la tónica general, del aula: mapas viejos, láminas roídas, la Enciclopedia o el Parvulito de Álvarez, el Catecismo…y, en la destartalada mesa del maestro, el timbre- aparato de llamada o aviso, la vara o palo de madera de olivo- el temor de los alumnos, la hucha para el Domund, junto al “moscardón” o aparato de “flix” que con cierta frecuencia utilizaba el maestro para contribuían a la salud infantil, espantando o eliminado a las “familiares, inevitables golosas, moscas vulgares” machadianas… Y los alumnos portaban en su cartera de tela hecha por la abuela, un jarrito de lata para la leche americana donada por “Mr. Marshall, un lápiz sin punta y una libreta, que no podía perderse porque iban identificadas en la portada con su: “Este cuaderno pertenece a, debajo del dibujo o foto de nuestros ídolos favoritos, bien del cine o del fútbol. Y sentados en aquellos pupitres de madera garabateados por doquier, con boquete donde se colocaba el frasco de tinta, con el que escribíamos nuestros reglones aún titubeantes y torcidos. Ambiente en el que se enseñaba cuando se podía: rudimentos de lectura, escritura, cálculo de las cuatros reglas, geografía, catecismo, historia y hasta alguna otra poesía agrícola popular al silabear el “to-ma-te” ¿Qué culpa tiene el tomate / que está tranquilo en la mata / que venga un tío matarate / y lo meta en la lata?

 Y no quiero dejar pasar la ocasión, con el permiso de nuestro poeta, para dar una precisa visión de este maestro al que menciona con su nombre y apodo de un familiar antepasado. Maestro digno de homenaje y admiración, pues en circunstancias adversas supo mantenerse y llevar su escuela lo mejor posible. Lo conocí siendo yo pequeño, aunque no alumno. Vecino muy respetado y querido por todos. Conversaciones fructuosas mantuve con D. José en mi adolescencia. Y, en mis años de estudio de magisterio, realicé las prácticas en su escuela. Y de los labios de este erudito profesional, de ideas progresistas en tiempos oscuros, recibí cariñosas palabras, sabías ideas, consejos pedagógicos y sensatas recomendaciones que mucho me sirvieron en mis años como docente.

Era como dice José Marcelo, “enjuto y serio”. Y yo añadiría también el “seco” machadiano, la alta y derecha estatura, sincera mirada fatigada, y su porte de seriedad, formalidad, humanidad, invitando a la serenidad en circunstancias adversas de la vida. Recuerdo muchas imágenes positivas de su quehacer diario, dentro y fuera de la escuela. Aquel pensador, taciturno, siempre con ropas oscuras, sentado en la penumbra del atardecer, en los alrededores del pueblo, o ese otro semiarrodillado en la iglesia de Santa Ana, cumpliendo con la entonces obligación de asistir a misa con los alumnos. Mi respetuoso cariño para este buen maestro.

 finalizo este prólogo, querido lector. Sólo me falta recomendarte, tanto si eres aún niño, como si ya has pasado esa edad maravillosa, que vivas esos primeros y tiernos años de tu vida con la lectura de estos mágicos poemas que nos brinda José Marcelo. Tal vez aniden en ti, de nuevo, la inocencia, la sencillez, la autenticidad y la felicidad de la niñez.

 

Cristóbal Martín Rivas

Licenciado en Literatura

 

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