EL POETA EN LA HISTORIA: Vicente Aleixandre. “El poeta y la poesía”

Por José Marcelo Ruiz

 vicente aleixandre Nací en Sevilla el 26 de abril de 1998, y como digo siempre me crie en Málaga. De modo de que de Sevilla sólo sé que nací allí, pero no tengo memoria de mi infancia. Todos mis primeros recuerdos de la vida son malagueños. Nací a la luz, e incluso a los libros, en Málaga – otro modo de nacer- porque allí aprendí a leer, que es mi segundo nacimiento. Mis abuelos vivían en la alameda de Carlos Haes.

Mi padre era ingeniero de ferrocarriles, y lo destinaron a Málaga, donde estaba la Central. Tenía un bonito nombre: Compañía de los Ferrocarriles Andaluces. Era un edificio muy grande, los malagueños a ese caseron enorme de oficina le llamaban El Viví en Málaga hasta 1909, que por motivo de enfermedad pidió mi padre traslado a Madrid.

Me acuerdo muy bien del nombre del director del colegio: don Buenanventura Barranco Bosch. Fieros bigotes a lo Kaiser. Pero encima brillaban unos ojos bondadosos. Porque allí, desde la enseñanza primaria, fui compañero y amigo del que luego iba a ser compañero en la poesía: Emilio Prados. Él vivía en la conocida calle Larios, e íbamos juntos hasta la calle Granada, donde estaba el colegio. Era una Málaga apacible, con un sabor que ahora ha consagrado el pintor malagueño, primo de Picasso, Manolo Blasco, que ha hecho toda su pintura ingenua a base de recuerdos de principio de siglo- una pintura muy sugestiva- y es esa Málaga la que yo he vivido.

En Madrid en 1909, empezamos viviendo en la calle de Ayala número 9, que luego nos mudamos al quince, que hoy es el 19. La casa está exactamente igual que cuando nosotros vivimos ahí. Y cuando paso por delante me parece que ella es lo permanente y yo el fantasma que cruza. En seguida empecé a ir al colegio en la carrera de San Jerónimo, esquina a la calle Ventura Vega. Colegio Teresiano, se llamaba, aunque era laico, no religioso. Me cogía lejos, e iba y venía en bicicleta- cuatro veces al día. Lo he cantado en un poema que se llama “ al colegio” donde aludo que el niño iba por allí como por un monte, y que hasta de vez en cuanto revolaba una mariposa. En realidad no pasaba nada por allí. De tarde en tarde un cansino tranvía. Y de muy tarde en tarde, un coche de caballos, algún carrito tirado por una mula. Esto parece un sueño hoy, en el Madrid congestionado y feroz. Adelanté un año el bachiller y a los quince años salí bachiller.

 Mi padre había tenido mucha ilusión de que su único hijo hubiera sido ingeniero, pero como yo poco demostré mi poca afición a las matemáticas. Estudié  Derecho y Estudios Mercantiles. Empecé simultáneamente las dos carreras, la de Derecho y la de Mercantil. Iba por la mañana a la Universidad y por la tarde acudía a la Escuela de Comercio.

En la carrera de Derecho poco recuerdo propiamente, pero sí en la vecindad. Dámaso Alonso estudiaba la carrera de Filosofía y Letras al mismo tiempo que yo Derecho, y como las dos facultades estaban en el caserón de San  Bernardo, coincidíamos en los pasillos. ¡ Cuántas veces, en lugar de entrar en mi clase, entré con él en la Teoría del Arte, que explicaba D. Andrés Ovejero!

En 1917, coincidimos la familia  Dámaso Alonso y mi familia ese verano en las Navas del Marqués. En seguida, intercambiamos opiniones: Azorín, Unamuno. Valle Inclán, Baroja… Yo, en ese tiempo no leía poesía lírica. Dámaso me prestó una antología de Rubén Darío. Fue para mí no sólola lectura de ese gran poeta, sino la revelación de la poesía.

En cuanto vine a Madrid, después con el contacto con Rubén Darío en las Navas, me puse a leer a los maestros de aquel tiempo y a los que no eran. Recuerdo que el primero fue Antonio Machado. Antonio Machado es de los pocos poetas que me sé versos de memoria.

Seis meses después de empezar a leer poesía yo intentaba mis primeros balbuceos. Empecé a escribir el año 1918 y no publiqué nada ni una línea hasta el año 1926. De cómo entró en contacto con la generación del 27, diré que fue una generación de amistad, conocía de la infancia a Emilio Prados, era amigo de Dámaso Alonso, y después coincidía en el tranvía con Rafael Alberti, que nos veíamos mucho, él lo ha contado en su obra “La arboleda perdida”. Fue en 1922, en la exposición de Alberti, en el Ateneo de Madrid, allí nos presentaron como: Alberti, pintor. Conocí a Bergamín, después a Gerardo, a Pedro Salinas, Jorge Guillén, Federico. El último, Luís Cernuda, que no vino a Madrid por primera vez hasta octubre de 1928.

Yo, escribía, pero no publicaba, y no enseñaba a nadie mis poemas. No era modestia. Era miedo. Yo tenía una afición y una sensación de cumplimiento de mi ser con lo que escribía, bueno o malo, era un cumplimiento, un apetito y una necesidad: un existir de mí mismo.

Entonces, yo temía que si yo lo enseñaba y aquello no era nada absolutamente y no comunicaba nada, me iba a sentir absolutamente desarmado ante mismo para continuar en esa actividad. Y el temor a esa sentencia me retenía a enseñarlos. Y se rompió, esto fue por una verdadera fractura que me jugó el destino: vinieron a casa mis amigos, que sí escribían y publicaban, y descubrieron los poemas sobre la mesa, que yo olvidé recoger. Salieron con mis poemas. Azares de la vida. Unos días después, los llevaron a la revista de Occidente, que dirigía su fundador Ortega. Yo no era nadie, mi nombre inédito completamente. Pero la generosidad de aquella revista, apoyando a la generación más joven, hizo que acogieran mis versos con bondad suprema.

A Federico le conocí la noche que estreno “Mariana Pineda”, el 12 de octubre del 1927. Fuimos al teatro: Rafael Alberti, Dámaso Alonso y yo. En aquella noche hablé con Federico por primera vez.

La generación se caracterizó en seguida por dos aglutinantes: un sentimiento de amistad y una afinidad estética.

En el homenaje a Góngora estuve ausente por imposibilidad física. Caí gravemente enfermo en 1925 y el médico me mandó fuera de Madrid. Residí en un pueblecito próximo, Aravaca, en reposo absoluto. Allí compuse gran parte de “Ámbito.” Que, por petición de los amigos poetas malagueños : Manuel Altolaguirre y Emilio Prados,  con los que mantenía amistad, después de publicarse los libros de poemas de los compañeros poetas de mi generación, me preguntaron si tenía yo algo que publicar, y había terminado “Ámbito, y lo publicaron en  la colección de libros adscritos a la revista Litoral, que dirigían ellos. Se lo envíe en el verano del 27, y en enero o febrero del 28, apareció publicado.

Conocí a Miguel Hernández precisamente con motivo de la aparición de “La destrucción o el amor”. Era en su segundo viaje a Madrid, ya estable y trabajando en Espasa Calpe, ayudando a José  María de Cosío en la enciclopedia de los toros. Vio en las librerías  “La destrucción o el amor” y me escribió una carta decía, más o menos:

He visto el libro de usted, “La destrucción o el amor”, no puedo adquirirlo. Si usted me pudiera darme un ejemplar, yo le quedaría muy reconocido.  Y firmaba: Miguel Hernández, Pastor de Orihuela. Entonces le contesté que viniera por casa, que tenía un ejemplar para él. Y vino, le di el libro, simpatizamos pronto y así nació la amistad de hermanos que tuvimos, Miguel y yo. Yo tenía doce años más que él, fue siempre un hermano más joven para mí.

La guerra dispersa a la generación, Miguel Hernández estaba luchando en el frente. Yo estaba enfermo, porque pasé dos años de la guerra en cama, en una recaída de mi enfermedad renal. Me acuerdo con emoción que, en aquella escasez de alimentos, yo enfermo, venía Miguel del pueblo de su mujer con un saco de naranjas, que entonces era un tesoro y que él me traía a cuenta de Dios sabe cuántas privaciones, Entraba y arrojaba su contenido sobre mi cama, con su gran risa iluminadora y era como un gran desprendimiento de luz y generosidad.

El adiós de Federico García Lorca.  – Sí, me acuerdo de la última conversación que tuve con Federico. Fue por teléfono: -Vicente si estás sólo, voy ahora a tu casa. Acabó de terminar mi drama, me acompañan unos amigos,  nos vamos a tu casa y leemos: La casa de Bernarda Alba.

Yo tenía en casa aquel día unos amigos que él no conocía o con los que no le apetecía estar.

  • Entonces no voy, iré otro día.

Mi último recuerdo es su voz. Aquel “adiós” que me parece estar oyendo y que resultó ser para siempre. A los dos días, yo salía para Miraflores y, poco después, él se marchó a Gramada.

(De una entrevista con Mariano Gómez Santos. Años sesentas. Aparecida en el diario “YA”, de fecha de 4 de diciembre.)

 Este trabajo ha sido publicado en la revista poética- literaria: “AL ALBA” De la “Agrupación Poético Literaria Ana León Ramos”.-Primavera/verano 2014- nº 34

                                                        Trabajo recopilado por José Marcelo Ruiz

 

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