EL POETA EN LA HISTORIA: La presencia de Miguel Hernández

   miguel-hernandezCon estas palabras comienza la pensadora María Zambrano un artículo dedicado a  Miguel Hernández: “Hay sucesos, lugares, personas, que han sido reales y verdaderas, Y, así el tiempo que pasa, va dejando ver la verdad realmente. Sus presencias vivientes que nos acompañan, son presencias reales a fuerza de ser verdaderas. […] Miguel Hernández, poeta, es una de esas presencias.”

María Zambrano conoció a Miguel Hernández, en 1934, en Madrid, fue a su casa acompañado por algunos poetas amigos, que entonces la frecuentaban. Y comenta ella: “El conocernos fue cosa de un instante.”

Nos sigue diciendo que Miguel Hernández fue acogido por las personas que ejercían la intelectualidad española: Ortega y Gasset con su Revista de Occidente, y antes por José Bergamín con la revista Cruz y Raya. Colaboró también trabajando en la enciclopedia taurina que Espasa- Calpe preparaba, dirigida por José María de Cosío por obra de Ortega. Y, con toda aquella ‘pleyade de poetas’ que lo acogió como mejor podían, con la excepción de un poeta prometido al ‘sacrificio’ en modo fulgurante, que experimentaba una especie de alergia ante su presencia personal. Y prosigue hablando de la tristeza que padecía Miguel Hernández: “Miguel acusaba la tristeza, más no la causa. Y tampoco puedo saber si esta incompatibilidad de aquel gran poeta, era lo que más le acongojaba en medio de aquel gran esplendor y de aquella cordialidad sin reserva, que le rodeaba.”

María Zambrano mantiene una íntima amistad con Miguel Hernández, ella lo declara con estas palabras: “Mas él sufría, estaba sufriendo siempre. Lloraba hacía dentro y reía más que hablaba. Era el año 1935 y 1936, cuando venía a casa y salíamos a pasear por aquellos lugares de la entrada a Madrid, cuesta abajo por la calle Segovia, para sentarnos algún rato en el puente o sobre alguna piedra de la Casa de Campo, solos y como si estuviésemos abandonados.”

Cuando María Zambrano se acerca a la poesía de Miguel Hernández nos dice: “Lo veo como esa persona descubierta e indefensa. Sufridor de siglos contados y que no se cuentan.[…] Y el hambre de Miguel le venía de lo hondo. Amor si apenas esperanza. Esa esperanza que el hambre milenaria acalla para dejar paso al amor que la nutre y despierta en calma.[…] Era de esos bienaventurados que tiene hambre sin avidez, y que aman sin afán de posesión, dispuesto a unirse únicamente. […] Era un creyente. Un creyente en la comunión que se da por la palabra. Su poesía delata una especie de deslumbramiento de la palabra que ante él, herederos de tantos silencios, se abría. […] No más separación, no más distancia entre el poeta en sentido genérico ─creador, hacedor ─ y el hombre. El Hombre, el Adán anónimo, humillado de siglos, el que padece hambre y sed de justicia y de pan. […] Su última poesía nace como chorro de la fuente del dolor y del amor. Era un creyente. Y creyó siempre en lo mismo, en el rayo que no cesa, y en el amor que no acaba.

Nos habla María Zambrano también de la muerte de Miguel Hernández y de su trascendencia, finalizando con estas bellísimas palabras: “Al morir, más que un cuerpo, debía de ser un signo. Sí, un signo  de esos indelebles que el hombre deja sobre la tierra misma; en rocas, en grutas y laderas ha de haberlas aún sin descifrar grabados en ella por la pasión del hombre verdadero.”

                                                                               José Marcelo Ruiz

Este escrito es un extracto de un artículo del mismo nombre, publicado por María Zambrano en el periódico  El País, el 09 de julio de 1978. Publicado también en su libro Algunos lugares de la poesía. Editorial Trotta. Edición, introducción y notas de D. Juan Fernando Ortega Muñoz (Ex-director de la Fundación María Zambrano y catedrático emérito de filosofía de la Universidad de Málaga.)

Este trabajo se ha publicado en la revista literaria AL ALBA nº 40, primavera- verano 2017, de la Agrupación Poética- Literaria Ana León Ramos.