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Con la mirada de un niño

                                                                                              José Marcelo Ruiz

    118b6ccbb09137316f24894ce972bd9f “Busco el viejo granado de la ribera del río con la granada que se rajaba / y al membrillo amarillo que se caía de maduro. /Aquel pozanco de ‘La China’ en donde me bañaba de niño con otros niños. /Aquel río torrencial de los inviernos lluviosos que sabía a la aceituna /del viejo molino. No los he encontrado”. En estos versos el poeta pone su mirada retrospectiva hacia su infancia buscando ese tiempo pasado, pero lamentándose de las ausencias: de ese granado y ese membrillo de la ribera que encontraba en otoño. El pozanco de ‘La China’ donde se bañaba en verano. El río torrencial de los inviernos lluviosos… Todos están ausentes porque Está loco el Tiempo: “En invierno. El papá Oso Polar se pone un bañador y toma el sol/ después de un chapuzón. / La primavera. Las abejas nadie las ha visto. / Dicen que ha llegado la primavera y se ha ido. / Nadie la ha visto. / En otoño. El nogal echando una larga siesta, se ha dormido. / Nadie le despierta. / En verano. Las hormigas se han constipado. / El médico me ha dicho: Que el tiempo ha enfermado. / Yo le pregunté al médico: ¿De qué ha enfermado el tiempo? / El médico me ha contestado: Que el tiempo de pena está loco. / De pena ha enfermado”.

    Le pregunta el hijo al padre: ¿Papá, cuál es la pena del ‘Tiempo’? El padre le responde que la pena del ´Tiempo´ es la ignorancia del hombre. Que la codicia que tiene el hombre le mata,  porque ha querido ir tan adelantado que no se ha conformado con lo que le ofrece la naturaleza, la ha ido cambiando a su antojo y comodidad. Ahora está loco el ‘tiempo’ y está enfermando la naturaleza. Esos cambios de la naturaleza también nos afectan a nosotros  y a todos los seres vivos, porque  su naturaleza (la de la ´Tierra´) es nuestra naturaleza.  Le vuelve a preguntar el hijo: ¿Papá, cuál es nuestro delito? El padre, con sentimiento de culpa, cayéndosele una lágrima de los ojos, le responde que nuestro delito es que no hay futuro.

    Este puede ser el inicio de la puesta en escena de una obra para hablar sobre la tragedia a la que conduce el cambio climático. Contarles a los niños la verdad, dándoles respuestas a sus preguntas: ¿Para qué  han estado reunidos los gobernantes del mundo en Madrid? ¿Los gobernantes sólo se preocupan por sus intereses? ¿A ellos lo único que les importa es vivir el presente? ¿Hay futuro o no? ¿Están los gobernantes y los adultos dispuestos a abandonar esta sociedad de consumo, la cual es un vertedero de basura? Son tantas preguntas las que harían los niños a la asamblea de gobernantes. Porque nada ni nadie tiene derecho a acabar con su futuro. Continúa la representación de la obra: en escena aparece un mundo virtual, donde los robots reinan, y en el cual  ha surgido un nuevo género, el androide. Las  imágenes virtuales muestran cómo hubo un pasado de frondosos bosques, de torrenciales ríos y una vida llena de emociones… Se hace con el objetivo de ocultar los escombros del ‘Homo sapiens desaparecido’. Trágico final.

     Me dirás tú, lector, que estoy contando películas de ficción. Yo te contesto que tienes razón. Ahora es una película de ficción. Pero quiero que pienses también que,  en esas películas de ficción,  no cuentan para nada con el ser humano.  Lo que hago es una paradoja, para mostrarte que la escena que se representa es tan real y verdadera como el daño que puede producir el cambio climático. ¡Esa es la gran verdad!

      El asunto es cómo se le explica a un niño que los gobernantes hablan y hablan, pero no hacen nada para asegurar su futuro. ¿Estás tú dispuesto a actuar?

                                                                                      José Marcelo Ruiz

Este artículo se ha publicado en la prensa NOTICIAS 24 (Comarca de la Axarquía), el viernes, 10 de enero de 2020. Mi agradecimiento personal al director del medio D. Francisco Gálvez por su interés por los temas de opinión, pensamiento y cultura.

 

 

 

Las impresionantes luces de Navidad

                                                                                               josé marcelo ruiz

    Se Luces de Navidad en Calle Larios (Málaga)diría que la Navidad se ha desmadrado, ha perdido ese mensaje original de nacimiento humilde, recatado y familiar. Ahora es todo un acontecimiento a celebrar mostrando su boato y esplendor real, como si fuese el nacimiento del rey Herodes y no de Jesús, el hijo de María, quien nació humilde. Lo digo por las impresionantes luces de Navidad, que son auténticas obras de ingeniería que se exponen en las principales ciudades de España, y del planeta Tierra (que, por otra parte, arde y se nos muere). La razón es competir por quien se ‘lleva el gato al agua’ de las bonanzas del turismo: Madrid, Barcelona, Vigo, Málaga…Todo vale, si con ello se activa la economía.

   En ese momento culmen en que la música y la luces de Navidad eran una manifestación de armonía, cuya acción atraía mi atención y la del público presente, se me desvió la cámara del móvil y comencé a grabar las imágenes publicitarias del video del comercio de enfrente, que vendía ropa interior. Debía de decir: sin comentarios, y así espero una sonrisa socarrona de ti, lector. Pero, la verdad, es que me sentí decepcionado, había perdido la inocencia. ¡No la que tú te figuras y has pensado! Me refiero a la inocencia de ese niño que cree en los Reyes Magos. Porque la Navidad que yo creo la han puesto en venta.

     La razón vital que nos mueve es la de vivir el presente, la de agotar el tiempo de modo acelerado y divertirse sin reparos. Porque la máxima que nos aplicamos es que la vida es breve. Decimos que la vida es tan corta, que apenas son dos días: un día para vivir y, el otro para prepararse para morir. Este pensamiento filosófico es el cultivo que abona el modelo de vida que hemos creado, de una sociedad de consumo. Y nada ni nadie tiene la culpa, porque pensar en culpabilidad supondría buscar pecados y pecadores. Lo único que es cierto y, no podemos negarlo, es el miedo que tenemos al futuro.

    No es cuestión de decir que el pasado fue mejor, porque recuerdo que los años de mi infancia fueron de carestía. Pero había hogar y los dulces de Navidad se elaboraban en casa. Los regalos se recibían con ilusión. Aunque no eran grandes regalos, pero tenían la calidez humana de ser artesanos, porque algunos juguetes te los hacían tus padres o abuelos. Eran juguetes duraderos. Había también quienes no recibían ningún regalo, como describe el poeta Miguel Hernández: “Por el cinco de enero, /para el seis, yo quería / que fuera el mundo entero / una juguetería. / Y al andar la alborada / removiendo las huertas, /mis abarcas sin nada, /mis abarcas desiertas”. Pero esa pobreza, a la que alude el poema, sigue existiendo hoy también. Por desgracia, con una gran desigualdad en el mundo, porque unos viven en la opulencia y otros viven en la indigencia. En esto no ha cambiado nada.

  A pesar de esta vorágine de compras y de vida acelerada, donde cada uno va a lo suyo, yo como soy un sentimental, pienso que es posible un mundo mejor. Que el telediario, algún día, nos informe de buenas noticias. Me dirás tú, lector, ¡qué soy un iluso! Y, es verdad, tienes razón. Hablando de la razón, te digo que el germen de todos los males de la historia ha sido la locura de los poderosos por tener razón. ¡Qué bien nos sale todo cuando ponemos sentimientos a nuestros actos! Cuando actuamos con comprensión y nos situamos en el lugar del otro. El espíritu de la Navidad es tener comprensión y solidaridad. ¡Apuesta por este espíritu!

                                                                    José Marcelo Ruiz

NOTA: Las luces de Navidad pertenecen a Málaga (España)

Este artículo ha sido publicado en la prensa NOTICIAS 24 (Comarca de la Axarquía), el 20 de diciembre de 2019. Mi agradecimiento personal al director del medio D. Francisco Gálvez por su interés por darle difusión a los temas culturales, de opinión y pensamiento.

La historia del profesor

Dedicado a mi profesor D. Francisco Del Pino Roldán

José Marcelo  Ruiz

EL MAESTRO“De niño, / iba a la escuela/de Pampanito. /Cuando cada maestro /tenía su escuela, / y una cartilla para todos los niños. /Cuando en la escuela/ de Pampanito, sólo había niños. /Que las niñas/ iban a la escuela/ de doña Pepita. (…) Pupitres llenos de cabecitas de niños, que no alcanzaban / a sus pupitres vacío de libros”. Con estos versos recuerdo a mi primer maestro de escuela, en los comienzos de los años sesenta del siglo pasado. Esa escuela paupérrima, que se iba “a batir la leche en polvo, / la leche en polvo/ que en el jarrito de lata/ se tomaba/ a media mañana”. Como comenta el autor del prólogo de mi poemario Poemas de cal y arena, el profesor D. Cristóbal Martín Rivas, quien conoció también al maestro y la escuela aludida, hablando de la enseñanza dice: “Rinde homenaje al `MAESTRO PÚBLICO´ de aquellos años de pobreza económica y anímica. Aquellos maestros y maestras que tenían que enseñar a grupos tan diversos y con tanta escasez de medios, y presididos por tantos signos políticos y religiosos, bien merecen un gesto como el de Antonio Machado ´… a mis maestros guardo vivo afecto y profunda gratitud”.

 Después comenzaron los años setenta y, en esa fecha, el inicio de mis estudios de bachillerato en el instituto “Reyes Católicos”, que era el único que existía para toda la comarca de la Axarquía, lo que demostraba la escasez de centros educativos. Era un privilegio ser alumno y tener la oportunidad de estudiar. Aunque se seguía bajo la presidencia del mismo signo político y religioso, pero comenzaba a reinar un espíritu nuevo: de respeto, de compromiso, de rebeldía a cuestionar los temas. Existía admiración hacia el profesorado, porque ellos daban ejemplos. Recuerdo cómo un profesor le llamó la atención a un alumno, porque no hizo los deberes de estudio: “¿Sabe usted cuánto le cuesta al Estado el asiento que ocupa? No está usted aquí para derrochar el dinero que invierten por usted, ni para perder el tiempo”.

Fueron años muy difíciles para el profesorado que carecía de libertad y, también, para el alumnado porque se le exigía mucho. Pero se valoraba el esfuerzo y la voluntad. Había una calidad pedagógica y humana muy grande, como expresa el profesor don Francisco Del Pino Roldán, quien anteponía, primero, a la persona, y después la asignatura. Gracias a ellos, aprendimos valores y fuimos los ciudadanos que hicieron posible la venida de la democracia.

Estamos en las primeras décadas del siglo XXI y los cambios que se están produciendo son tan acelerados que, como consecuencia, se pierde la perspectiva de la realidad. Y esta situación de incertidumbre está produciendo la pérdida de valores pedagógicos como son el esfuerzo y la voluntad, los cuales siempre han sido importantes para lograr las metas profesionales.

Hemos llegado a un modelo de sociedad donde se valora más lo que tienes, que lo que eres. Y se antepone antes el dinero que consigues sin esfuerzo, que la profesionalidad. Ante esta situación la labor docente se siente impotente.

Y en esta desolación de impotencia un maestro me confiesa: “El oficio de maestro es ingrato. Ingrato per se. Primero porque los alumnos son niños y permanecen ajenos al transcurrir de sus vidas, bastante tienen con superarse en los niveles de sus juegos electrónicos. Segundo, sus progenitores están angustiados con la meta que se han propuesto de ser los padres perfectos. Aunque vivan divorciados. Tercero, la administración navega en una nave insonorizada a miles de años luz de distancia de una Tierra, de la que no quiere saber más que los impuestos que obtiene de los contribuyentes”.

Sólo nos queda esperar `la ley del péndulo´: la que vuelve a poner las cosas en su sitio. Pero, si no es posible su llegada, lo lamentaremos, porque dejaremos de hablar de educación y de formación.

                                                                                                           José Marcelo Ruiz

Ilustración del dibujo del pintor José Antonio García González

Nota:  Ha sido publicado en la prensa NOTICIAS 24 (Comarca de la Axarquía), el 13 de diciembre de 2019, acogiéndose al espacio de la columna, por lo que no fue posible publicarlo en su integridad. En el blog  el artículo está integro tal como lo concebí.

Mi agradecimiento personal al director del medio D. Francisco Gálvez por su interés por los temas de cultura, de opinión y pensamiento.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Una dulce historia interminable

 

IMAGEN UNA DULCE HISTOR“Aprendí con el tiempo que controlar la diabetes a la perfección es literalmente imposible. Y mientras no asumamos esta complejidad, estamos desesperados. Al final vives con ella, unos días mejor y otros peor, pero vives, y eso es un paso importante.” Esta cita pertenece al libro Chiqui Sweet- una dulce historia interminable de la escritora y pedagoga Lorena Aguinaleo. Como dice en su biografía, es malagueña convencida y activa, enamoradiza, alegre y socialmente comprometida.

El libro es una puesta en escena de acercamiento a la vida de la enfermedad de la diabetes. Lo narra con  lenguaje afectivo y familiar, consiguiendo comprometer al lector y que  se identifiquen aquellos que la padecen.  Y, día a día,  tanto la familia como los  afectados van descubriendo cómo afrontar la diabetes. Esta convivencia con la enfermedad se convierte en un aprendizaje para ellos, que supone una motivación para vivir, que no pone límites para alcanzar los sueños.

En las enfermedades, como es  la diabetes, que exigen a los pacientes convivir con ella, la actitud de la familia es determinante. Los padres deben alejarse de ese sentimiento de culpabilidad, porque con esa actitud les están mostrando a sus hijos que lo que les pasa es lo peor, trasmitiéndoles desconfianza e inseguridad en sí mismos.  Lorena Aguinaleo  dice: “Es cuestión de ponerle una sonrisa a la vida y, aunque nos dé pereza, siempre podemos seguir para adelante. (…)La inocencia de los más pequeños hace que no se vea la cara más amarga de la diabetes, ésa que vemos los mayores, adultos a quien se supone que sabemos cómo enfrentarnos a los desaguisados que nos ‘regala la vida’. Quizá por ver más allá de lo que tenemos delante, nosotros mismos nos fabricamos barreras, un no puedo o que esto es imposible”. Lo cierto es que lo importante es aprender a convivir con la enfermedad, tomándola como un reto, y  que ella no sea impedimento para el desarrollo personal y social.

Son dignos de admirar las personas que, de por vida, tienen una enfermedad o una diversidad funcional, nos dan ejemplos de espíritu de superación. También hay que dar gracias a esas familias o personas cuidadoras que, con paciencia y comprensión, les transmiten ánimo para superarse y  les dan motivos para vivir.

 Hay razones vitales como tener fe en la vida y esperanza en el porvenir, pero ambas tambalean ante graves enfermedades, … Pero el secreto de mantener viva la fe y la esperanza, en estas situaciones extremas, nada ni nadie le ha dado explicación científica. Es tan personal que me atrevería a decir que, únicamente, depende de su visión individual sobre la vida y el sentido que posea para vivirla.  La persona con esperanza y fe termina aceptando convivir con la enfermedad, lo hace de manera estoica. Y su vivir, día a día, se convierte  en aprender a perdele el miedo a la muerte.

No quiero perderme en profundas reflexiones filosóficas, pero sí pediros que reflexionéis sobre los valores humanos y  la verdadera esencia de la vida.  E insistir en lo complejo que somos los seres humanos: lo bueno y lo malo. Que sólo tienen autentico valor las cualidades buenas,  porque nos hacen fuertes, así como las maldades nos  convierten en débiles y destructivos

Porque pienso como el poeta: “No creo en el infierno: si el infierno lo haces tú, tirano/ con el dolor ajeno. Yo me rebelo/. (…) No creo en el cielo: si el cielo del que me hablas, / no es para vivirlo en esta tierra, que piso, quiero y amo”.

                                                        José Marcelo Ruiz

Este artículo se ha publicado en NOTICIAS 24 (Comarca de la Axarquía), el viernes, 22 de noviembre de 2019, número: 248.  Mi agradecimiento personal al director del medio D. Francisco Gálvez por su interés por los temas: de cultura, de opinión y pensamiento.

 

Somos lo que comemos

IMG_20191108_194113 (2)“Si se quiere mejorar al pueblo, en vez de discursos contra los pecados, denle mejores alimentos. El hombre es lo que come.” Esta cita pertenece al filósofo y antropólogo alemán Ludwing Feurbach que la dejo escrita en su obra Enseñanza sobre la alimentación

El ser humano ha hecho de la elaboración de su alimentación una cultura con identidad propia. Esto se ha dado como consecuencia de ser heredero de una tradición histórica-culinaria. Lo que me hace pensar en la importancia de la gastronomía como expresión cultural, como seña de identidad y de reflejo del estilo de vida de un pueblo. En su conjunto como legado de un arte y un saber.

Pero me duele que, políticamente, la identidad de un pueblo sea utilizada para crear frontera. Grave error en el que se cae, porque es negar la diversidad cultural en la que está inmerso. Es restringir la universalidad de sus valores: la lengua, el pensamiento, el arte, la literatura, y su gastronomía…

Quiero creer en esa identidad que me alimenta de la diversidad. Alejarme del localismo, pero sintiéndome orgulloso de mi cultura gastronómica, de mis espetos de sardinas que pido que lo declaren `Bien Cultural de la Humanidad.´ Porque el mal reside en ese pensamiento negativo, en esas falsas identidades que lo totalizan todo: niegan la buena cocina y universalizan la comida basura. Y son despreciativos de lo genuino, capaces de arrojar por la borda de lo virtual tu verdadera identidad.

La buena cocina necesita de tiempo. Que los productos sean naturales y criados en nuestra huerta, en nuestro mar, para que tengan los sabores de nuestra tradición gastronómica. No le hace falta ningún título de `Estrella Michelín´, ya lo posee, lo ha demostrado. Hay que darle tiempo y una mesa familiar, y no las prisas de `Masterchef celebrety´ que, con tanta aceleración, se nos indigesta los alimentos.

La vida acelerada es la raíz del problema, porque es el tiempo lo que hemos perdido, el cual nos lo compra y nos lo vende. Comemos como utilizamos la servilleta de papel, para usarla y tirarla. Hemos dejado de ser cocineros y comensales de nuestra cocina tradicional. Esto confirma lo dicho por Ludwing Feurbach: que somos lo que comemos.

Las preguntas obligadas que nos debemos hacer, para reflexionar sobre la pérdida de nuestra identidad histórica y cultural, donde la gastronomía ha tenido una función importante, serían: ¿Si somos lo que comemos, en qué nos hemos convertido? ¿Qué será de nuestra gastronomía como cultura culinaria? Las repuestas están presentes: una vida acelerada, una sociedad de despojos y desperdicios. Nos queda el consuelo, si se puede, de hacer un huerto en la terraza de nuestra casa. Volvernos a preguntar: ¿Dónde queda nuestra identidad cómo persona, cómo ser social y político?

Y si algún día eres dueño de tu tiempo y quieres comer bien, cocinas tú y pon los siguientes ingredientes: amor y tiempo al cocinar como lo hacía mi abuela y mi madre. Elaborar los alimentos como la mejor medicina para tu cuerpo, así recomendaba Hipócrates. Comparte tu mesa con la familia y con los amigos, como hacía el buen anfitrión Cicerón. Sirve el tipo de comida cuya historia conozca. Tus secretos de la buena cocina serán mejores si son conocidos, para que continúen existiendo.

                                                          José Marcelo Ruiz

Este artículo ha sido publicado en la prensa NOTICIAS 24(Comarca de la Axarquía), el viernes, 08 de noviembre de 2019. Mi agradecimiento Al director D. Francisco Gálvez por su interés por la cultura, los temas de  pensamiento y de opinión.

Veinte historias y un deseo

Image“No acerté en mis decisiones, no supe escuchar a mi corazón. […] Tengo claro que si un clavo saca a otro clavo, a mí me toco un destornillador para librarme del clavo, del desamor que me atormentaba”

Este párrafo pertenece a Veinte historias y un deseo  que es el título de la última obra de Ángel Miguel Bermúdez Hernández, veleño, que ejerce como profesor de Biología en el I.E.S. “El Chaparil” de Nerja, dedicado a la literatura.

La obra consta de veintiún  relatos breves, basados en hechos cotidianos, mostrando esa realidad que nos acecha, que nos supera. Me hace recordar a Víctor Hugo, con ese estilo de realismo de la literatura francesa o la rusa de Fiódor Dostoyevski. Ángel Miguel lo hace con una gran capacidad de síntesis, nos cuenta veinte historias humanas y un deseo, ahondando en la psicología humana, con el bisturí en la mano opera sobre los sentimientos y las emociones, invitando al lector a mirarse en su propio espejo, a dejarse llevar y a reflexionar. Deja abiertas las conclusiones y las decisiones  para que el lector elija.

Como esa vecina “loca del 5º A”, donde nadie conoce a nadie, hasta que un día nos sorprende, porque nos damos de bruces con la cruda y fea realidad.

  La historia de “Las magdalenas viajeras”, que es una paradoja de la misma vida, con la pérdida de esperanza, con el destino y la fatalidad que encierra: “Son mis magdalenas, las de tu padre, quitándole un poco lo más feo se puede comer, mira. En ese momento nuestra amiga (la magdalena) comprendió cual era su destino, cuando parecía que no había esperanzas, llegó algo sorprendente y especial. Gracias a ella, la anciana dejo de sufrir…”

Son veinte historias y un deseo que dan para pensar: en ese espíritu de voluntad que es  necesario para superar las adversidades de la vida, en ese miedo con el que vivimos y se apodera de nosotros,  convirtiéndose en “El  alimento del mal”. Esa llamada al “101” de atención y de socorro por la pérdida de lo verdaderamente humano: la creatividad, la solidaridad, la compasión…Porque sin esos valores humanos “María Soledad” vive en la tristeza más profunda, que le conduce a la destrucción.

Enhorabuena Ángel Miguel por mostrar esa radiografía de lo bueno y de lo malo que llevamos dentro. Escenificar en sus relatos los valores esenciales de la vida, a los que hay que acogerse para apreciarla y darle sentido. Nos habla también de la importancia que tiene ese “Calor residual”, que es aquello que queda siempre, a pesar de pasar el tiempo, y es el salvavidas que evita el naufragio y el olvido. En el “Corazón de Matías” nos recuerda que tenemos una misión. Que “El deseo” es una cosa muy personal, un reto, como es vivir: “La vida le había dado más, mucho más de lo que hubiera soñado, había cubierto algo más que un deseo, la necesidad de amar y ser amado, el respeto y cariño de compañeros, amigos y familiares”.

Los relatos están escritos con un lenguaje ameno, como se cuentan las parábolas bíblicas, sin recargarse en excesivas imágenes que distraigan, consiguiendo atraer el interés del lector, llevándole al terreno de lo emocional para mostrarle la verdad: esa realidad con la que hay que convivir cada día.

Enhorabuena, de nuevo, Ángel Miguel, por crear la auténtica literatura.

                                                                              José Marcelo Ruiz

Este artículo se ha publicado en la prensa NOTICIAS 24 (Comarca de la Axarquía), el viernes, 25 de octubre de 2019. Mi agradecimiento personal al director del medio D. Francisco Gálvez por su interés por los temas de cultura, de opinión y pensamiento.

Cibernautas, ¿rebelión o sumisión?

untitled-e1488637740204 Cuando se fusionan ‘Kronos’, dios del tiempo, con el ‘Cosmos’, dueño y señor del espacio, surge un nuevo ser en sus entrañas: ‘Cibernética’. Que es como una nave que nos invita a subirnos para viajar hacia el infinito, y seguir mordiendo del árbol del conocimiento.

Ha comenzado la era virtual y de la inteligencia artificial, y la juventud es la principal protagonista de este viaje, constructora de su presente y de su futuro. Pero me preocupa su preparación. Me pregunto: ¿poseen los jóvenes las herramientas adecuadas?  Siendo portadores de los valores humanos, ¿sabrán hacer buen uso de ellos o, por el contrario, quedarán atrapados en ese mundo cibernético?

  Las redes de internet nos conducen a través de un laberinto, por un camino nos invita a dar a conocer nuestra individualidad y, por otro, a participar del conocimiento global que nos ofrece. Pero, en realidad, caemos en el peligro de quedar atrapados, porque en el rastreo de búsqueda que hacemos, dejamos nuestras huellas. Las cuales son auténticas informaciones que recaban y utilizan los dueños de esas redes a su favor. Es un gigantesco ogro que nos devora.

  Otro aspecto importante, a tener en cuenta, es la pérdida de la conciencia social, causada por el mal uso de las redes sociales: si utilizamos internet como refugio, donde invertimos bastantes horas del día para contactar con amigos virtuales, esto  nos  lleva al aislamiento. Acción que nos conduce a la apatía, a un alejamiento de los entornos sociales naturales y de la realidad socio-política. La única manera de combatirlo sería con el ciberactivismo asociativo.

   El ciberactivismo es el medio de interactuar personas y dispositivos tecnológicos, para  comunicarse y realizar acciones colectivas. Las cuales  ganan por su espontaneidad, su inmediatez y su gran difusión, pero carecen de continuidad, de una organización coordinada y de una estructura ideológica. Estas últimas cualidades son propias de los movimientos sociales. El peligro reside en quedarse sólo con lo atractivo, como es la comunicación inmediata y divertida y caer en la sumisión. Lo importante está en tomar conciencia sobre temas que nos afectan de manera global, como son problemas sociales, ambientales… Realizar acciones coordinadas para conseguir auténticas movilizaciones, que incidan en las decisiones de los poderes políticos. Esto sería una manera efectiva de hacer buen uso de internet.

    Esta generación digital, como se le denomina a juventud del siglo XXI,  desconfía de las instituciones. Desconfianza motivada por su precaria situación laboral-económica y, también vital, que caracteriza su tránsito a la vida adulta. Pero esto es también argumento para rebelarse y revertir la situación. La solución, posiblemente, resida en acertar con las estrategias a seguir en el uso de las redes sociales en internet, para lograr los objetivos de concienciación, de movilización social. La pregunta que nos queda por hacer es cómo hacerlo y qué estrategias.

La respuesta a la pregunta está en dar confianza a la juventud para que se prepare. Siendo consciente de lo  complejo que es este mundo cibernético y el gran poder que ejerce. Un poder que nos puede devorar y llevarnos a la sumisión, o bien elegir rebelarnos.  ¡De la juventud y de todos dependen la decisión!

                                                                             José Marcelo Ruiz

Este artículo se ha publicado en la prensa Noticias 24 (Comarca de la Axarquía), el viernes, 11 de octubre de 2011. Mi agradecimiento personal al director del medio D. Francisco Gálvez y a su equipo de redacción por el interés que muestran por los temas de cultura, de pensamiento y de opinión.